Gandhi y la Religión

“Por religión no tiendo la religión formal o consuetudinaria sino la religión que es el basamento de todas las religiones, la que nos lleva a mirar frente a frente a nuestro Hacedor.”

M. K. Gandhi, por Joseh J. Doke, 1900, p. 7

“La religión debiera impregnar cada una de nuestras acciones. En este contexto, religión no significa sectarismo sino creer en un ordenado gobierno moral del universo. Ese orden no es menos real por ser invisible. Esta religión trasciende el Hinduismo, el islamismo, el cristianismo, etc. Sin embargo, eso no quiere decir que los reemplace; por el contrario, los armoniza y les da realidad.”

Harijan, 10-2-40, p. 445

“Permitidme explicar lo que entiendo por religión. No se trata de la religión hinduista, a la que sin duda estimo por sobre todas las otras religiones, sino de la religión que trasciende al hinduismo: la que transforma nuestra naturaleza, la que nos une indisolublemente a la verdad cuya presencia y mediación purifican. Es el elemento permanente de la naturaleza humana, al que no resulta demasiado oneroso llevar a su expresión completa. Ese elemento mantendrá al alma enteramente desasosegada hasta el momento en que se encuentre a sí misma, conozca a su Hacedor y aprecie la, verdadera correspondencia que existe entre sí misma y el Hacedor.”

Young India, 12-5-’20, p. 2

“Ningún hombre puede vivir sin religión. Hay algunos que en el egotismo de su razón declaran que no tienen nada que ver con la religión. Esto es como si un hombre dijera que respira pero que no tiene nariz. Sea por la razón, por el instinto o por la superstición, los hombres establecen alguna – suerte de relación con lo divino. Incluso el agnóstico o ateo más acabado admite la necesidad de un principio moral y asocia algo bueno al hecho de observarlo y algo malo con su no-observancia. Bradlaugh, cuyo ateismo es bien conocido, insistió siempre en proclamar sus convicciones más profundas. Tuvo que sufrir mucho por decir la verdad de ese modo, pero se deleitaba en ello, afirmando que la verdad lleva en sí su propia recompensa. Es evidente que Bradlaugh no era completamente insensible a la16 alegría que se desprende de la observancia de la verdad. Sin embarga, esa alegría no es enteramente mundana sino que brota de la comunión con lo divino.

Tal es la razón de que yo haya sostenido que aún el hombre que reniega de la religión no puede vivir -y, de hecho, no vive- sin religión.”

Young India, 23-1-‘30, p. 25

Mahatma Gahdhi, Mi religión.

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The Screwtape Letters

En español se conoce como Las cartas del diablo a su sobrino o El diablo propone un brindis, un interesante libro que a través de cartas dos demonios se comunican y nos revelan muchas cosas interesantes.  Una de las obras más populares de C.S. Lewis. por cierto libro dedicado a Tolkien, les coloco partes del prefacio

La pregunta más corriente es si realmente “creo en el Diablo”.

Ahora bien; si por “el Diablo” se entiende un poder opuesto a Dios y, como Dios, existente por toda la eternidad, la respuesta es, desde luego, no. No hay más ser no creado que Dios. Dios no tiene contrario. Ningún ser podría alcanzar una “perfecta maldad” opuesta a la perfecta bondad de Dios, ya que, una vez descartado todo lo bueno (inteligencia, voluntad, memoria, energía, y la existencia misma), no quedaría nada de él.

La pregunta adecuada sería si creo en los diablos. Sí, creo. Es decir, creo en los ángeles, y creo que algunos de ellos, abusando de su libre albedrío, se han enemistado con Dios y, en consecuencia, con nosotros. A estos ángeles podemos llamarles “diablos”. No son de naturaleza diferente que los ángeles buenos, pero su naturaleza es depravada. Diablo es lo contrario que ángel tan sólo como un Hombre Malo es lo contrario que un Hombre Bueno. Satán, el cabecilla o dictador de los diablos, es lo contrario no de Dios, sino del arcángel Miguel.

Creo esto no porque forme parte de mi credo religioso, sino porque es una de mis opiniones. Mi religión no se desmoronaría si se demostrase que esta opinión es infundada. Hasta que eso ocurra -y es difícil conseguir pruebas negativas-, la mantendré. Me parece que explica muchas cosas. Concuerda con el sentido llano de las Escrituras, con la tradición de la Cristiandad y con las creencias de la mayor parte de los hombres de casi todas las épocas. Y no es incompatible con nada que las ciencias hayan demostrado.

Debiera ser innecesario (pero no lo es) añadir que creer en los ángeles, buenos o malos, no significa creer en unos ni en otros tal y como se les representa en las artes y en la literatura. Se pinta a los diablos con alas de murciélago y a los ángeles con alas de pájaro, no porque nadie sostenga que la degradación moral tienda a convertir las plumas en membrana, sino porque a la mayoría de los hombres le gustan más los pájaros que los murciélagos. Se les pintan alas, para empezar, con la intención de dar una idea de la celeridad de la energía intelectual libre de todo impedimento. Se les confiere forma humana porque la única criatura racional que conocemos es el hombre. Al ser criaturas superiores a nosotros en el orden natural, incorpóreas o que animan cuerpos de un tipo que ni siquiera podemos imaginar, hay que representarlas simbólicamente, si se quiere representarlas de algún modo.

Además, estas formas no sólo son simbólicas, sino que la gente sensata siempre ha sabido que eran simbólicas. Los griegos no creían que los dioses tuviesen realmente las hermosas formas humanas que les daban sus escultores. En su poesía, un dios que quiere “aparecerse” a un mortal asume temporalmente la apariencia de un hombre. La teología cristiana ha explicado casi siempre la “aparición” de un ángel del mismo modo. “Sólo los ignorantes se imaginan que los espíritus son realmente hombres alados”, dijo Dionisio en el siglo V.

En las artes plásticas, estos símbolos han degenerado continuamente. Los ángeles de Fra Angélico llevan en su rostro y en su actitud la paz y la autoridad del Cielo; luego vinieron los regordetes desnudos infantiles de Rafael; por último, los ángeles suaves, esbeltos, aniñados y consoladores del arte decimonónico, de formas tan femeninas que sólo su total insipidez evita que resulten voluptuosas: parecen las frígidas huríes de un paraíso de saloncito. Son un símbolo pernicioso. En las Escrituras, la visitación de un ángel es siempre alarmante; tiene que empezar por decir: “No temas”. El ángel Victoriano, en cambio, parece a punto de susurrar: “Ea, ea, no es nada”.

No tengo la menor intención de explicar cómo cayó en mis manos la correspondencia que ahora ofrezco al público.

En lo que se refiere a los diablos, la raza humana puede caer en dos errores iguales y de signo opuesto. Uno consiste en no creer en su existencia. El otro, en creer en los diablos y sentir por ellos un interés excesivo y malsano. Los diablos se sienten igualmente halagados por ambos errores, y acogen con idéntico entusiasmo a un materialista que a un hechicero. El género de escritura empleado en este libro puede ser logrado muy fácilmente por Cualquiera que haya adquirido la destreza necesaria; pero no la aprenderán de mí personas mal intencionadas o excitables, que podrían hacer mal uso de ella.

Se aconseja a los lectores que recuerden que el diablo es un mentiroso. No debe aceptarse como verídico, ni siquiera desde su, particular punto de vista, todo lo que dice Escrutopo. No he tratado de identificar a ninguno de los seres humanos mencionados en las cartas, pero me parece muy improbable que los retratos que hacen, por ejemplo, del padre Spike, o de la madre del paciente, sean enteramente justos. El pensamiento desiderativo se da en el Infierno lo mismo que en la Tierra.

Para terminar, debiera añadir que no se ha hecho el menor esfuerzo para esclarecer la cronología de las cartas. La número XVII parece haber sido redactada antes de que el racionamiento llegase a ser drástico, pero, por lo general, el sistema de fechas diabólico no parece tener relación alguna con el tiempo terrestre, y no he intentado recomponerlo. Evidentemente, salvo en la medida en que afectaba, de vez en cuando, al estado de ánimo de algún ser humano, la historia de la Guerra Europea carecía de interés para Escrutopo.

C. S. LEWIS

La Odisea de los libros

Por fin voy hacer de esto un verdadero blog y contaré cosas de la vida diaria, aunque siempre lo hago pero no de forma personal, pues todo lo que coloco son cosas que leo, veo, y pienso en este momento o recientemente; por eso no sé si se note la insistencia en algún autor.

Como sabrán los que se pasan por aquí de vez en cuando, Lewis es uno de mis autores preferido, por no decir el único porque en realidad mentiría. El hecho es que Lewis, como sucede en muy buena parte con sus lectores, me llevó a Chesterton, (pronto estaré hablando sobre él) y como soy algo entusiasta (para no decir fanático) en las cosas nuevas que me gustan,  quería todos los libros, ensayos, cartas, discursos, todo. Así zarpé a la travesía de encontrar todo su material, estrellando mi barco del entusiasmo en las primeras librerías que pregunté pues no tienen idea de quienes son éstos. Gracias a la misericordia de Dios pude encontrar algunos libros de Lewis y de Chesterton, de este último en digital lo cual me mantuvo sobrio por algún tiempo, pero al ver la cantidad de obras escrita que me faltan la verdad es que dan ganas de llorar de la impotencia, porque no se consiguen fácilmente; por lo menos aquí en mi país.

Hay 2 libros que deseaba leer como aquel niño que sueña con un viaje a Disney  o aquellos novios una casa para casarse, aunque guardando las diferencias porque lo que yo quería eran unos simples libros de Chesterton: “El hombre eterno” y  “Santo Tomás”, en fin, pensaba que nunca los iba a leer…  Un día encuentro que una amiga mía que trabaja en una biblioteca de una universidad, me dice que busque en la base de datos y para mi sorpresa estaba el libro de santo Tomás, así que ella lo pidió y me lo trajo. Por causas de la vida apurada que llevamos debía fotocopiarlo pronto para devolvérselo y regresarlo, pero el sábado que tenía pensado hacer esto, mi novia me dice que necesitaba unos afiches para una actividad que tenía en clases, así que muy atento y amable (después de quejarme unos segundos, en verdad fueron sólo unos segundos) fui a una librería a buscar los afiches y a fotocopiar de una vez el libro, lo que no me esperaba yo es que en esa librería, después de ver afiches de Jesús llamando por  celular y  otro en una moto, vería esto:

Realmente fue emocionante. Esto lo vi después de preguntar si había libros de Chesterton, a lo  que me remitieron a una voluminosa  y costosa biografía para  la cual estoy reuniendo. Sin embargo,  paseándome por el estante vi esto:

Así que declare:

-Pero aquí hay más libros…

-Sí, sí hay más libros

No me acuerdo que fue lo que pensé, creo que nada malo por la emoción, al final terminé llevándome el que iba a fotocopiar

Tenia ganas de llevarme el afiche de Jesús para mostrárselo a Lisset pero  ya me había pasado del presupuesto,  fuera sido muy buena la broma y se los podría mostrar en este momento y  estarían riéndose es muy chistoso..

Fue un día ¡maravilloso! Pero eso no es todo, quince días más tarde volví por estos:

Y una semana antes Lisset me había regalado este:

Estoy como aquel papá que le nace un hijo y se siente orgulloso y quiere que la gente lo vea.

Sin embargo, continúa la travesía, estos personajes escribieron bastante. Ya alcanzada una meta surgen otras, ahora estoy detrás de la Autobiografía  de Chesterton, si algún admirador de él la tiene y se siente identificado o no con mi historia , contácteme: hará una acto de misericordia. Tengo otros ubicados de Lewis cuando los tenga de seguro les tomo las fotos para que vean al resto de los bebés.

El que busca, encuentra

La ley de la naturaleza humana II/II

“A la ley se le dio el nombre de ley de la naturaleza porque la gente pensaba que todos la conocían por naturaleza y no había necesidad de ser enseñada. Por supuesto que esto no significaba que no se pudiera encontrar aquí y allá algún individuo raro que no la conociera, tal como hay gente que no puede distinguir los colores o no tiene oído para la música. Pero tomando la raza como un todo, pensaban que la idea humana de la conducta decente era obvia para todos. Y creo  que estaban en lo cierto. Si no, todas las cosas que decimos en cuanto a la guerra carecen de sentido. ¿Qué sentido hubiera tenido el decir que el enemigo estaba equivocado a menos que lo correcto sea algo que los nazis en el fondo conocían tan bien como nosotros y debían poner en práctica? Si no tenían noción alguna de lo que consideramos correcto, aunque de todos modos hubiéramos peleado contra ellos, no podríamos haberlos inculpado por lo que hicieron más de lo que podríamos haberlos inculpado por el color de su cabello.

Sé que algunos dicen que la idea de que existe una ley de la naturaleza o de la conducta decente que todos los hombres conocen no tiene sentido, puesto que las diferentes civilizaciones y las diferentes épocas han tenido muy diferentes moralidades. Pero esto no es verdad. Ha habido diferencias entre sus procedimientos morales, pero nunca han llegado a una diferencia total. Si alguien se toma el trabajo de comparar las enseñanzas morales de, digamos, los egipcios, los babilonios, los hindúes, los chinos, los griegos y los romanos antiguos, lo que lo dejará realmente asombrado es la semejanza que existe entre cada una de esas enseñanzas y las nuestras.

Piense en un país donde la gente admirara a quienes desertaran del campo de batalla, o donde un hombre se sintiera orgulloso de engañar a todos los que hubieran procedido bien con él. Es como tratar de imaginarse un país donde dos y dos fueran cinco. Los hombres pueden diferir en cuanto a con quiénes se debe proceder sin egoísmo (con los miembros de nuestra propia familia, con nuestros connacionales o con todo el mundo). Pero siempre han estado de acuerdo en que uno mismo no debe ponerse en el primer lugar. El egoísmo nunca ha sido admirado. Los hombres han diferido en cuanto a si se puede tener sólo una esposa o cuatro; pero siempre han estado de acuerdo en que no se puede simplemente tener la mujer que a uno le venga en gana. Pero lo más notable es lo siguiente. Cuando uno se topa con alguien que dice que no cree que exista lo correcto y lo incorrecto, algo más tarde se verá que el mismo hombre echa mano de este principio. Puede que no cumpla la promesa que hizo; pero si se trata de no cumplirle lo que se le ha prometido, se quejará de que no es justo en menos de lo que un mono se rasca una oreja. Puede darse el caso de que una nación diga que los tratados no importan; pero casi en el mismo instante se contradice al decir que quiere romper un tratado particular porque no es justo. Si los tratados no importan, y si nada es correcto ni incorrecto (en otras palabras, si no hay ley de la naturaleza), ¿cuál es la diferencia entre un tratado justo y otro injusto? ¿No dejan al gato fuera de la bolsa al mostrar que, digan lo que digan, conocen la ley de la naturaleza como todos los demás?  Parece, entonces, que nos vemos forzados a creer que existe lo correcto y lo incorrecto.

Puede que algunas veces las gentes se equivoquen en cuanto a esto, tal como algunas veces suman mal; pero no es un asunto de gusto u opinión, como tampoco lo son las tablas de multiplicación. Si ya estamos de acuerdo en cuanto a esto, pasaré al punto siguiente, el cual es el siguiente. Nadie es completamente fiel a la ley de la naturaleza. Si hay alguna excepción entre mis lectores, les pido disculpas. Les traería mayor utilidad leer otra obra cualquiera, pues nada de lo que vaya decir tiene que ver con ellos. Y ahora, tornando a los seres humanos normales que quedan: Espero que nadie interprete mal lo que voy a decir. No estoy predicando, y Dios sabe que no pretendo ser mejor que nadie. Estoy sólo tratando de llamar la atención a un hecho: que en este mismo año, en este mismo mes, y con toda probabilidad en este mismo día, no hemos puesto en práctica la  clase de conducta que esperamos que los otros practiquen.

Puede ser que encontremos toda clase de excusas. Cuando no procedimos bien con los niños fue porque nos hallábamos muy cansados. Aquella vez que procedimos un poco obscuramente en cuanto a asuntos de dinero (ya casi lo hemos olvidado) era que nos hallábamos acosados por alguna necesidad. En cuanto a lo que prometimos hacer a favor de Perano, nunca lo habríamos prometido si hubiéramos sabido cómo íbamos a estar de ocupados. Y en cuanto a nuestro proceder con la esposa o el esposo, la hermana o el hermano, si hubiéramos sabido lo irritantes que ellos son, no nos admiraríamos tanto de los resultados. (Y ¿quién diablos soy yo? Soy lo mismo que ellos.) En otras palabras, no hemos cumplido muy bien la ley de la naturaleza; y cuando alguien nos dice que no la estamos cumpliendo, de inmediato encontramos una impresionante sarta de excusas. Lo que ahora interesa no es si son o no válidas. El punto que se destaca es que son una prueba más de cuán profundamente, ya sea que nos guste o no, creemos en la ley de la naturaleza. Si no creemos en la conducta decente, ¿por qué entonces debemos mostrarnos tan ansiosos de presentar excusas por no habernos comportado decentemente? La verdad es que creemos tanto en la decencia, sentimos tanto la presión de la ley, que no podemos enfrentarnos al hecho de que la estamos quebrantando, y por lo tanto, tratamos de zafarnos de la responsabilidad. Porque se notará que es a nuestro mal comportamiento al que le hallamos todas estas explicaciones. Es nuestro mal temperamento lo que pretendemos excusar al decir que estábamos cansados, preocupados o hambrientos. Sólo para nosotros mismos reconocemos que tenemos un temperamento irritable. Hay entonces dos puntos que he querido destacar. Primero, que todos los seres humanos sobre la tierra tienen esta idea curiosa de que debieran  comportarse en cierta forma, y no pueden quitársela de la mente. Segundo, que en realidad no se comportan en esa forma. Conocen la ley de la naturaleza; la quebrantan. Estos dos hechos son el fundamento de todo pensar claro en cuanto a nosotros mismos y el mundo en que vivimos.”

El problema del Dolor

Hace varios días coloqué un extracto del libro “El problema del dolor” de Lewis en el post Sobre el amor de Dios. Ahora seguiré con la misma obra, colocaré algunas anotaciones que he hecho. Son extractos sueltos y resulta mucho mejor si los leemos desde el contexto del libro, en Internet se consigue, tal vez en alguna librería. también me parece oportuno tener presente que hay muchos tipos de dolores no solamente el fisico.

El problema de conciliar el sufrimiento humano con la existencia de un Dios que ama, es insalvable solamente mientras se atribuye un significado trivial a la palabra “amor”

Si hemos de tomar la doctrina de la caída en un sentido real, debemos buscar el gran pecado en un nivel más profundo y atemporal que el de la moralidad social. Este pecado ha sido descrito por San Agustín como el resultado del orgullo, del movimiento mediante el cual una criatura (es decir, un ser esencialmente dependiente, cuyo principio de existencia no reside en sí mismo sino en otro) trata de establecerse por sí misma, de existir para sí misma. Tal pecado no requiere situaciones sociales complejas, experiencia extensa, ni un gran desarrollo intelectual. Desde el momento en que una criatura se da cuenta de Dios como Dios, y de ella como un yo, se le presenta la terrible alternativa de elegir a Dios o a sí misma como centro. Este pecado es cometido diariamente tanto por niños pequeños y por campesinos ignorantes, como por personas sofisticadas; por personas solitarias, no menos que por aquellas que viven en sociedad. Es la caída en cada vida individual, y en cada día de cada vida individual, el pecado fundamental tras todos los pecados particulares.

En este mismo momento usted y yo estamos ya sea cometiéndolo, a punto de cometerlo, o arrepintiéndonos de él. Al despertarnos, tratamos de poner el nuevo día a los pies de Dios; antes de haber terminado de afeitarnos, se vuelve nuestro día, y la parte para Dios se siente como un tributo que debemos pagar de “nuestro propio” bolsillo, descontado del tiempo que sentimos debiera ser “propio nuestro”. Un hombre comienza un nuevo trabajo con un sentido de vocación y, quizá, durante la primera semana mantiene como su fin la satisfacción de su vocación, tomando -a medida que llegan- los placeres y penurias venidos de la mano de Dios, como “accidentes”. Pero la segunda semana comienza a “conocer todos los trucos”; a la tercera, ha esbozado para sí su propio plan dentro de ese trabajo, y cuando puede dedicarse a ello, siente que no está obteniendo más que sus propios derechos, y cuando no puede, siente que está siendo obstaculizado.

El espíritu humano ni siquiera comenzará a intentar someter la voluntad propia mientras parezca que todo en él anda bien. Ahora bien, el error y el pecado tienen esta característica: cuanto más profundos sean, menos sospecha la víctima su existencia; son un mal enmascarado. El dolor es el mal desenmascarado, inconfundible; todo hombre sabe que algo anda mal cuando está sufriendo.

El dolor insiste en ser atendido. Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero nos grita en nuestros dolores: es su megáfono para despertar a un mundo sordo. Un hombre malvado feliz, es un hombre sin la menor sospecha de que sus acciones no “corresponden”, de que no están de acuerdo con las leyes del universo.

Todos hemos notado qué difícil es volver nuestros pensamientos a Dios cuando todo está bien. “Tenemos todo lo que queremos” es un dicho terrible cuando “todo” no incluye a Dios. Hallamos a Dios una interrupción. Como dice San Agustín en alguna parte, “Dios quiere darnos algo, pero no puede, porque nuestras manos están llenas -no hay donde Él pueda ponerlo”. O como dijo un amigo mío, “consideramos a Dios de la misma manera que un aviador considera a su paracaídas; está allí para las emergencias, pero espera que nunca tendrá que usarlo”.

La voluntad humana se vuelve verdaderamente creativa y verdaderamente nuestra cuando es totalmente de Dios, y este es uno de los muchos sentidos en que aquel que pierda su alma la encontrará.


Narnia

Ya leí los 7 libros de Narnia, parece que son muchos pero en realidad uno queda con ganas de que haya otros, lo hice corriendo con la falta de tiempo “siempre es el tiempo” dice una canción de estopa. En otra oportunidad los leeré con mas calma. Estos son textos para un publico juvenil o infantil (les coloco la dedicatoria que hace su autor) pero aunque ese sea su publico no deja de enseñar a quien los lea, por lo menos a mi me han gustado mucho.

Al hablar de estos libros entro en un dilema, contar o no contar de que trata, o lo que ocurre en ellos, estoy mas ganado a la idea de que las personas que no los han leído los lean, y los que ya, saber que piensan, que les pareció, esta curiosidad se debe a que en Narnia existe un trasfondo, una simbología muy especial y sería interesante saber si es captada por los lectores.

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La imaginación y la palabra

Hace un tiempo ya, que se me despertó un gusto por las palabras (a pesar de mis errores ortográficos) y creo que todos aquellos que disfrutamos la lectura sentimos aunque no lo sepamos, ese gusto, esa fascinación por ellas. A través de éstas podemos hacer muchas cosas, ejemplo: comunicarnos con otros y con nosotros mismos. Sí, las necesitamos para hablarnos a nosotros mismos, necesitamos combinar la letra “y” con la letra “o” para decir “yo”. Es algo realmente increíble y profundo. Los humanos somos seres capaces, entre otras cosas, de hablar, y Dios mismo también, de seguro en ese misterio está impreso aquello de “a imagen y semejanza”. La palabra es dada de Dios para el hombre, para precisamente comunicarse. Yo hace un tiempo no hablaba a Dios y cuando digo hablar es hablar, sólo pensaba palabras en mi mente, y eso está bien, hay personas que no hablan a Dios, sino que piensan las palabras entendiendo que Dios lee nuestro pensamientos, y no está mal, pues Dios sondea lo profundo de nuestros corazones. Pero tuve un cambio, (porque en el fondo de mí sentía que era ridículo hablar articulando las palabras a Dios). Hasta que un día escuché un versículo (Ct 2,14) que me quitó toda la mudez con Dios y entendí que a Dios le gusta que le hablemos con nuestra boca. Hoy día me resulta sorprendente pensar que Dios nos ha dado la boca, la lengua, el pensamiento y las palabras para que le hablemos y los oídos para escucharlo.

Las palabras son capaces de crear imágenes en nuestra mente, son capaces de expresarnos, contarnos o que podamos comunicar a otros lo que nos sucede, en el caso de los sentimientos o algún dolor físico de nosotros o el de alguien y también nos mueven interna o externamente según sea el caso. Nos llevan a muchos lugares a través de la descripción y narración u otras formas, este es el caso de los libros. A mí me gusta leer porque es como ver tu propia película donde tú eres el director, siguiendo los pasos del escrito, la imaginación vuela con efectos especiales que los del cine se quedarían cortos; cuando pasa esto es que decimos “mejor es el libro que la película”. Sin duda alguna, nos gusta soñar, en especial a los que nos atrae no se si a todos les llama la atención, los cuentos fantásticos que cuentan de espadas, héroes, princesas y caballos. Parafraseando a C.S. Lewis, Toda esa magia de todos esos mundos creados por algún autor, toda esa fantasía, aventuras y sueños que nos fascinan, en el fondo es la búsqueda y el anhelo de Dios, cosa que comparto plenamente con él. y se ve en la taquilla de las peliculas de ese estilo, ese no se que está impreso en el ser humano.

A mí me ha resultado tan grato o casi un sueño hecho realidad saber que mis sueños de niñez de guerra, reyes, príncipes, y hasta espadas se han hecho realidades, desde que se reveló el reino de Dios a mi vida. Sirva este escrito de introducción para empezar a escribirles sobre Las crónicas de Narnia.

¡Viva el Rey!