La Teología es como un mapa

Todos me han aconsejado que no diga lo que voy a decir en este último libro. Todos dicen: “El lector común no está interesado en la teología; háblales en cuanto a lo que es la sencilla religión práctica”. Pero no he seguido su consejo. No pienso que el lector común sea tan falto de buen sentido. Teología significa “la ciencia de Dios”, y creo que a cualquier hombre que desea pensar en Dios le gustaría tener las ideas más claras y precisas que en cuanto a El se tengan. No somos niños; ¿qué razón existe, entonces, para tratarnos como si lo fuéramos?

En cierta forma entiendo muy bien por qué ciertas personas le hacen ascos a la teología. Recuerdo que una vez cuando estaba dando una conferencia a personas alistadas en la fuerza aérea de la Gran Bretaña, un viejo y algo amargado oficial se levantó y dijo: -No me interesa en lo más mínimo este asunto. Pero yo soy lo que podría llamarse un hombre religioso. Sé que existe un Dios. Lo he sentido cuando me he visto solitario en el desierto en medio de la noche: el tremendo misterio. Y por ello no creo en sus dogmitas y formulitas en cuanto a El. A todo aquel que se ha enfrentado a Dios de verdad todas estas cosas le parecen insignificantes, pedantes e irreales. En un cierto sentido estoy de acuerdo con ese oficial. Pienso que en el desierto él tuvo una experiencia real con Dios. Y cuando pasó de la experiencia a los credos cristianos, creo que estaba pasando de una cosa real a otra menos real.

De igual manera, si alguien se halla contemplando el Atlántico desde la playa y luego pasa a mirar un mapa del Atlántico, también estará pasando de algo que es real a otra cosa que es menos real; está pasando de olas de verdad a un trozo de papel coloreado. Pero aquí llegamos al punto. Se sabe que el mapa es eso: un trozo de papel coloreado, pero hay dos cosas que se deben recordar en cuanto a él. En primer lugar, se basa en lo que cientos y miles de personas han hallado al navegar por el Atlántico. En ese sentido tiene tras sí multitud de experiencias que son tan reales como la que obtenemos al mirarlo desde la playa, con esta diferencia: que la experiencia nuestra es un solo vistazo a lo verdadero, al paso que el mapa fija en forma conjunta multitud de otras experiencias. En segundo lugar, si se desea ir a alguna parte, el mapa se hace indispensable. Mientras nos contentamos con pasear sobre la playa, contemplarlo tiene mayor atractivo que contemplar un mapa. Pero el mapa es más útil si se desea pasar de un continente a otro. La teología se asemeja a un mapa.

El mero pensar y aprender en cuanto a las doctrinas cristianas es menos real y menos emocionante, si es que no se pasa de ello, que la experiencia de mi amigo en el desierto. Las doctrinas no son Dios: son sólo una especie de mapa. Pero tal mapa se halla basado en la experiencia de personas que realmente estuvieron en contacto con Dios, experiencias comparadas con las cuales las emociones o sentimientos piadosos que podamos tener de nuestra parte son muy elementales y confusos. Y en segundo lugar, si se desea avanzar, es necesario utilizar el mapa. Lo que a aquel hombre le sucedió en el desierto puede que haya sido real, y ciertamente que fue emocionante, pero nada resultó de esto. A ninguna parte lleva. Nada hay que se pueda hacer con ello. En efecto, es por ello que una religión vaga, que se limite a sentir a Dios en la naturaleza y cosas por el  estilo, es tan atractiva. Es todo sentimiento pero sin logros, como contemplar las olas desde la orilla del mar. Pero no se llega, digamos, al puerto de Newfounland con el mero estudio del mar que se haga en esta forma. Y no se llegará a la vida eterna buscando la presencia de Dios en las flores o en la música. Y tampoco se va a ninguna parte contemplando los mapas sin penetrar en el mar. Ni se estará muy seguro si se penetra en el mar sin un mapa.

En otras palabras, la teología es algo práctico, especialmente en nuestra época. En el pasado, cuando había menos educación y menos discusión, tal vez era posible arreglárselas con unas cuantas ideas sencillas en cuanto a Dios. Pero en nuestros días ese no es el caso. Todo el mundo lee, todo el mundo oye los debates. Por consiguiente, el que no se le ponga atención a la teología no quiere decir que no se tenga idea alguna en cuanto a Dios;  quiere decir que se tiene un gran número de ideas equivocadas: ideas malas, mutiladas y obsoletas. Porque gran número de las ideas que en cuanto a Dios se hallan en vaga en nuestra época son simplemente  las que los verdaderos teólogos estudiaron hace ya siglos-y las descartaron. Creer en la religión popular que, por ejemplo, impera en la Inglaterra de nuestros días es un retroceso: es como creer que la tierra es plana. Porque pensándolo bien, ¿no es la idea popular en cuanto al cristianismo que Jesucristo fue un gran maestro humano, y que si tomamos sus enseñanzas y sus consejos podremos estar en condiciones de  establecer un mejor orden social y evitar otra guerra? Y esto es muy cierto. Pero con ello se está expresando mucho menos de lo que es la verdad total del cristianismo y no tiene en  manera alguna importancia práctica.

Es muy cierto que si siguiéramos el consejo de Cristo pronto nos veríamos viviendo en un mundo más feliz. Pero para esto no se necesita ir tan lejos como hasta Cristo. Si hiciéramos todo lo que Platón, Aristóteles, Confucio no han dicho, estaríamos mucho mejor de lo que estamos. ¿Entonces, qué? Nunca hemos  seguido el consejo de los grandes maestros. ¿Por qué habríamos de empezar a hacerlo ahora? ¿Por qué es más probable que sigamos a Cristo que a otro? ¿Por qué es el mejor maestro de moral? Pero eso hace aún menos probable que le sigamos. Si no podemos tomar las lecciones elementales, ¿qué probabilidad hay de que aprendamos las más avanzadas? Si el cristianismo no es más que unos cuantos buenos consejos más, el cristianismo carece de importancia. No ha habido falta de buenos consejos durante los últimos cuatro mil años. Y unos cuantos consejos más no van a cambiar el cuadro de nuestra situación actual.

C.S. Lewis,  Mere Christianity, Editorial Caribe

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Algunas objeciones II/II

Otros han escrito para decirnos: “Lo que usted llama ley moral ¿no es un simple convencionalismo social, algo que se nos inculca por medio de la educación?” Creo que aquí se presenta un malentendido. Los que formulan tal pregunta por lo general dan por sentado que si hemos aprendido una cosa de nuestros padres o nuestros maestros, debe ser una simple invención humana. Pero claro que no es así. Todos aprendemos las tablas de multiplicación en la escuela. Un niño que crezca solo en una isla desierta no las sabría; pero esto no quiere decir que las tablas de multiplicación sean sencillamente una convención humana, algo que los seres humanos han elaborado para su propia conveniencia y que podrían ser distintas si así se quisiera. Estoy por completo de acuerdo en que las reglas de la conducta decente las aprendemos de nuestros padres y nuestros maestros, de nuestros amigos y en los libros, tal como se aprende cualquiera otra cosa. Pero algunas de las cosas que aprendemos son meras convenciones que bien podrían haber sido distintas. En Inglaterra y otras partes se enseña a conservar la izquierda en las vías públicas, pero muy bien hubiera podido implantarse el conservar la derecha. Pero otras cosas, como las matemáticas, son verdades inmutables. La cuestión es situar la ley de la naturaleza humana en el sitio que le corresponde. Existen dos razones para afirmar que esta ley pertenece a la clase en que se hallan situadas las matemáticas. La primera es, tal como dije en el capítulo 1, que aunque existen diferencias entre las ideas morales de una cierta época o de un cierto país con relación a otras épocas y otros países, la verdad es que no son diferencias tan grandes como algunos se imaginan, y se puede ver que hay una ley común que rige estas ideas. Las meras convenciones, como las reglas del tránsito o la clase de vestidos que se usan, pueden variar en cualquier medida.

La otra razón es la siguiente: cuando se piensa en las diferencias entre la moralidad de un pueblo y otro, ¿se piensa que una es superior a la otra? ¿Son beneficiosos algunos de los cambios? Si no, no podría haber progreso moral. El progreso no consiste en cambiar, sino en cambiar para mejorar. Si ninguna serie de ideas morales es más verdadera o mejor que otra, no habría por qué preferir la moral del hombre civilizado a la del salvaje, ni la moral cristiana a la del nazi. Pero todos creemos que, por supuesto, algunas costumbres morales son mejores que otras… Bien. Cuando decimos que una serie de ideas morales es superior a otra, lo que en efecto estamos haciendo es comparándola con una norma y diciendo que una de ellas se conforma mejor a tal norma. Pero la regla por la cual se miden dos cosas es algo diferente de tales cosas. Estamos, en efecto, comparándolas con una moral verdadera y admitiendo que existe lo correcto, con independencia de lo que los demás piensen, y que las ideas de algunas gentes se hallan más cerca de lo que es correcto que la de otras gentes. Pongámoslo en otra forma: si nuestras ideas morales pueden ser mejores que las de los nazis, es que debe existir algo, alguna moral verdadera, para medir su grado de verdad. Si la idea que alguien tiene de Nueva York es más correcta o menos correcta que la nuestra es porque Nueva York es un lugar real que existe no importa lo que tú y yo pensemos. Si cuando decimos “Nueva York” cada uno se refiere a  “la ciudad que yo me he fabricado en la imaginación”, ¿cómo es posible que uno de nosotros pueda tener una idea mejor que la de los demás?

En conclusión, aunque las diferencias de concepto entre los pueblos en cuanto a la conducta decente a menudo hace sospechar que no existe una ley natural de la conducta, las cosas que pensamos en cuanto a esas diferencias prueban exactamente lo   contrario.

Y una palabra más antes de terminar. Me he encontrado con personas que exageran las diferencias, porque no perciben las diferencias de opinión en cuanto a la realidad de los hechos. Por ejemplo, un hombre nos dice: “Hace trescientos años en Inglaterra se condenaba a muerte a las brujas. ¿Es esto lo que usted llama regla de la conducta humana o de la conducta correcta?” Pero el caso es que hoy no ejecutamos brujas porque no creemos que existan; si creyéramos que existen personas que se venden al diablo para en cambio recibir de él poderes sobrenaturales para dar muerte a sus prójimos o hacerlos enloquecer, o para producir mal tiempo, estaríamos de acuerdo en que nadie merecería más la pena de muerte que esas sucias traidoras. Aquí no existen diferencias entre los principios morales; la diferencia es en cuanto a la realidad del hecho. Puede que sea un gran avance en conocimiento el no creer en brujas; pero no hay avance moral en no ejecutarlas cuando no se cree que existan. No creo que un hombre proceda humanamente porque deje de armar trampas si lo hace porque cree que no existen ratones en la casa

La ley de la naturaleza humana I/II

De “El problema del dolor” hay mucho más que decir pero es muy largo para colocarlo, así que por los momentos lo dejaremos hasta ahí. Ahora, empezaré con los  textos de unos de los libros que más me ha gustado “El mero cristianismo” del maestro Lewis, no colocaré un resumen sistemático de todo el libro, sino que expondremos únicamente la parte que esta referida a la ley de la naturaleza humana que es el comienzo, les coloco el primer capítulo integro divido en dos partes.

“Todos hemos oído a dos personas discutiendo. Algunas veces  suena chistoso y algunas otras sencillamente desagradable;  pero suene como suene, creo que podemos aprender algo escuchando las cosas que se dicen. Dicen cosas como estas: “¿Qué dirías si alguien hiciera lo mismo contigo?” “Esta es mi silla; yo la agarré primero”. “Déjalo, no te está haciendo ningún mal”. “¿Por qué me empujaste primero?” “Dame un pedazo de tu naranja; yo te di de la mía”. “Vamos; tú me lo prometiste”. Todos los días la gente dice cosas como éstas, ya se trate de personas educadas o no, de niños o de personas mayores. Lo que a mí me interesa en cuanto a estas expresiones es que quien las dice no está expresando solamente que no le agrada la manera de proceder de la otra persona. Está apelando a cierta clase de regla de conducta que supone que la otra persona debe conocer. Rara vez el otro replica: “Al diablo con tus reglas”. Casi siempre trata de argumentar que lo que hace no va en realidad contra las reglas, o que si las transgredió tiene para ello una excusa especial. Pretende hacer ver que hay una razón especial en este caso particular para que la persona que tomó primero la silla no la conserve, o que las cosas eran algo distintas cuando se le dio el pedazo de naranja, o que algo sucedió que le impidió cumplir la promesa. Parece como si en efecto ambas partes tuvieran muy en mente alguna especie de ley o regla de juego limpio, o conducta decente o de moralidad o de cualquiera otra cosa por el estilo, con la cual todos están de acuerdo. Y lo están. De no ser así, claro, pelearían como animales, pero no discutirían.

Discutir es tratar de mostrar que la otra persona está equivocada. Y no habría sentido alguno en tratar de hacer esto a menos que haya alguna especie de acuerdo en cuanto a lo que es lo correcto e incorrecto; como tampoco tendría sentido el decir que un jugador de fútbol ha cometido una falta a menos que exista algún acuerdo en cuanto a las reglas del fútbol. Esta ley o regla en cuanto a lo correcto y lo incorrecto se conoce como ley de la naturaleza. Hoy día, cuando hablamos de las “leyes de la naturaleza”, por lo general nos referimos a cosas como la gravedad, la herencia o las leyes de la química. Pero cuando los pensadores antiguos llamaron a la ley de lo correcto y 10 incorrecto “ley de la naturaleza”, se referían a la ley de la naturaleza humana. La idea era que así como todos los cuerpos se hallan gobernados por la ley de la gravitación y los organismos por las leyes biológicas, la criatura llamada hombre también tiene su ley, con esta gran diferencia: un cuerpo no puede escoger entre obedecer la ley de la gravitación o no, mientras que el hombre puede escoger obedecer la ley de la naturaleza o desobedecerla.

Podemos decir esto en otra forma. Cada hombre se halla sujeto en todo momento a varias leyes, pero sólo hay una de ellas que él puede determinar desobedecer. Como cuerpo, se halla sujeto a la ley de la gravitación y no puede desobedecerla; si se le deja sin soporte alguno en el aire, no tiene más alternativa de caer o no caer que una piedra. Como organismo, está sujeto a varias leyes biológicas que no está en mayor capacidad de desobedecer que un animal. Esto es, no puede desobedecer aquellas leyes que comparte con otras cosas; pero la ley que es peculiar a su naturaleza humana, la ley que no comparte con los animales o los vegetales o las cosas inorgánicas, la puede desobedecer si así lo prefiere.”