Algunas objeciones II/II

Otros han escrito para decirnos: “Lo que usted llama ley moral ¿no es un simple convencionalismo social, algo que se nos inculca por medio de la educación?” Creo que aquí se presenta un malentendido. Los que formulan tal pregunta por lo general dan por sentado que si hemos aprendido una cosa de nuestros padres o nuestros maestros, debe ser una simple invención humana. Pero claro que no es así. Todos aprendemos las tablas de multiplicación en la escuela. Un niño que crezca solo en una isla desierta no las sabría; pero esto no quiere decir que las tablas de multiplicación sean sencillamente una convención humana, algo que los seres humanos han elaborado para su propia conveniencia y que podrían ser distintas si así se quisiera. Estoy por completo de acuerdo en que las reglas de la conducta decente las aprendemos de nuestros padres y nuestros maestros, de nuestros amigos y en los libros, tal como se aprende cualquiera otra cosa. Pero algunas de las cosas que aprendemos son meras convenciones que bien podrían haber sido distintas. En Inglaterra y otras partes se enseña a conservar la izquierda en las vías públicas, pero muy bien hubiera podido implantarse el conservar la derecha. Pero otras cosas, como las matemáticas, son verdades inmutables. La cuestión es situar la ley de la naturaleza humana en el sitio que le corresponde. Existen dos razones para afirmar que esta ley pertenece a la clase en que se hallan situadas las matemáticas. La primera es, tal como dije en el capítulo 1, que aunque existen diferencias entre las ideas morales de una cierta época o de un cierto país con relación a otras épocas y otros países, la verdad es que no son diferencias tan grandes como algunos se imaginan, y se puede ver que hay una ley común que rige estas ideas. Las meras convenciones, como las reglas del tránsito o la clase de vestidos que se usan, pueden variar en cualquier medida.

La otra razón es la siguiente: cuando se piensa en las diferencias entre la moralidad de un pueblo y otro, ¿se piensa que una es superior a la otra? ¿Son beneficiosos algunos de los cambios? Si no, no podría haber progreso moral. El progreso no consiste en cambiar, sino en cambiar para mejorar. Si ninguna serie de ideas morales es más verdadera o mejor que otra, no habría por qué preferir la moral del hombre civilizado a la del salvaje, ni la moral cristiana a la del nazi. Pero todos creemos que, por supuesto, algunas costumbres morales son mejores que otras… Bien. Cuando decimos que una serie de ideas morales es superior a otra, lo que en efecto estamos haciendo es comparándola con una norma y diciendo que una de ellas se conforma mejor a tal norma. Pero la regla por la cual se miden dos cosas es algo diferente de tales cosas. Estamos, en efecto, comparándolas con una moral verdadera y admitiendo que existe lo correcto, con independencia de lo que los demás piensen, y que las ideas de algunas gentes se hallan más cerca de lo que es correcto que la de otras gentes. Pongámoslo en otra forma: si nuestras ideas morales pueden ser mejores que las de los nazis, es que debe existir algo, alguna moral verdadera, para medir su grado de verdad. Si la idea que alguien tiene de Nueva York es más correcta o menos correcta que la nuestra es porque Nueva York es un lugar real que existe no importa lo que tú y yo pensemos. Si cuando decimos “Nueva York” cada uno se refiere a  “la ciudad que yo me he fabricado en la imaginación”, ¿cómo es posible que uno de nosotros pueda tener una idea mejor que la de los demás?

En conclusión, aunque las diferencias de concepto entre los pueblos en cuanto a la conducta decente a menudo hace sospechar que no existe una ley natural de la conducta, las cosas que pensamos en cuanto a esas diferencias prueban exactamente lo   contrario.

Y una palabra más antes de terminar. Me he encontrado con personas que exageran las diferencias, porque no perciben las diferencias de opinión en cuanto a la realidad de los hechos. Por ejemplo, un hombre nos dice: “Hace trescientos años en Inglaterra se condenaba a muerte a las brujas. ¿Es esto lo que usted llama regla de la conducta humana o de la conducta correcta?” Pero el caso es que hoy no ejecutamos brujas porque no creemos que existan; si creyéramos que existen personas que se venden al diablo para en cambio recibir de él poderes sobrenaturales para dar muerte a sus prójimos o hacerlos enloquecer, o para producir mal tiempo, estaríamos de acuerdo en que nadie merecería más la pena de muerte que esas sucias traidoras. Aquí no existen diferencias entre los principios morales; la diferencia es en cuanto a la realidad del hecho. Puede que sea un gran avance en conocimiento el no creer en brujas; pero no hay avance moral en no ejecutarlas cuando no se cree que existan. No creo que un hombre proceda humanamente porque deje de armar trampas si lo hace porque cree que no existen ratones en la casa

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Algunas objeciones I/II

Seguimos con la Ley natural

Algunas de las cartas que he recibido muestran que son muchos los que hallan difícil entender qué es esto de la ley de la naturaleza humana, o ley moral, o regla de la conducta decente. Por ejemplo, algunos de los que me han escrito me dicen: “Lo que usted llama ley moral, ¿no es simplemente nuestro instinto de rebaño, que se ha desarrollado como todos nuestros otros instintos?” No voy a negar que pueda ser que tengamos un instinto de rebaño; pero esto no es a lo que me refiero al hablar de ley moral. Todos sabemos lo que es ser impulsados por nuestros instintos: el amor maternal, el instinto sexual o el instinto de la alimentación. Esto significa que se siente una fuerte inclinación o deseo de proceder en una determinada forma. Y, por supuesto, a veces sentimos el deseo de acudir en ayuda de alguien; y no hay duda de que tal deseo se debe al instinto de rebaño. Pero sentir el deseo de ayudar es muy distinto a sentir que se está obligado a prestar tal ayuda, quiérase o no. Supongamos que oímos el grito de alguien en demanda de auxilio. Probablemente sentimos en ese momento dos deseos: el de ayudar (instinto de rebaño) y el de no correr peligro (instinto de conservación). Pero dentro de nosotros, fuera de estos dos impulsos, se presenta un tercer factor, el cual nos dice que debemos seguir el impulso de ayudar, y que suprime el deseo de salir huyendo.

Esto que establece un juicio entre los dos instintos, que decide a cuál de los dos instintos se debe obedecer, en sí mismo no puede ser ni uno ni otro. Sería como decir que una partitura musical, que en un momento dado nos dice cuál de las notas se debe tocar en el piano y no ninguna otra, es a la vez una de las notas del teclado. La ley   moral nos dice la melodía que hemos de pulsar; nuestros instintos no son más que las teclas.

Otra forma de ver que la ley moral no es sencillamente uno de nuestros instintos, es esta. Si dos instintos se hallan en conflicto, y no hay nada más en la mente de una criatura que estos dos instintos, es obvio que el más fuerte de los dos prevalecerá. Pero en los momentos cuando más conscientes nos hallamos de la ley moral, generalmente parece decirnos que nos hagamos de parte del más débil de los dos impulsos. Con toda probabilidad desearíamos mucho más preservar nuestra propia vida que ayudar a un semejante que se está ahogando; pero la ley moral nos dice que le ayudemos de todas maneras. y ciertamente, ¿no nos dice a menudo que hagamos que el impulso correcto sea más fuerte de lo que por naturaleza es?

Quiero decir que con frecuencia sentimos que nuestro deber es estimular nuestro instinto de rebaño despertando nuestra imaginación y suscitando nuestra compasión, etc., hasta que hayamos  acumulado el suficiente valor para hacer lo que es recto. Pero claramente no estamos actuando por instinto cuando nos proponemos hacer que uno de los instintos prevalezca sobre el otro. Lo que nos dice: “Tu instinto gregario se halla dormido; despiértalo”, no puede ser en sí mismo un instinto gregario. Lo que nos dice cuál de las notas debe ser pulsada más vigorosamente en el piano no puede ser en sí misma tal nota. He aquí una tercera forma de ver el asunto.

Si la ley moral fuera uno de nuestros instintos, deberíamos poder señalar cierto impulso que se encuentra dentro de nosotros mismos y que llamamos “bueno”, siempre de acuerdo con la regla de la conducta correcta. Pero no podemos. No hay impulso que la ley moral no pueda decirnos algunas veces que lo reprimamos, ni impulso que algunas veces no nos diga que lo vigoricemos. Es una equivocación pensar que algunos de nuestros impulsos (digamos el amor materno y el patriotismo) son buenos, al paso que otros, tales como el sexo y la disposición de pelear, son malos. Todo lo que quiero decir es que las ocasiones en que es necesario reprimir el instinto combativo y el deseo sexual son más frecuentes que las de reprimir el amor maternal o el patriotismo. Pero hay situaciones en las cuales es el deber de un hombre casado vigorizar su instinto sexual y el de un soldado fortalecer su instinto combativo. También se presentan ocasiones en que el amor de una madre por sus hijos o el amor de un hombre por su patria tienen que ser reprimidos o se estará yendo en contra, injustamente, de los hijos de otras personas o de otros países. Estrictamente hablando,

no hay impulsos buenos e impulsos malos. Volvamos de nuevo al piano. No tiene dos clases de notas, una “buena” y otra “mala”. Cada una de las notas es correcta en una ocasión e incorrecta en otra. La ley moral no es ningún instinto ni ninguna serie de instintos; es algo que produce música (música que llamamos bondad o conducta apropiada) al gobernar los instintos.

La ley de la naturaleza humana I/II

De “El problema del dolor” hay mucho más que decir pero es muy largo para colocarlo, así que por los momentos lo dejaremos hasta ahí. Ahora, empezaré con los  textos de unos de los libros que más me ha gustado “El mero cristianismo” del maestro Lewis, no colocaré un resumen sistemático de todo el libro, sino que expondremos únicamente la parte que esta referida a la ley de la naturaleza humana que es el comienzo, les coloco el primer capítulo integro divido en dos partes.

“Todos hemos oído a dos personas discutiendo. Algunas veces  suena chistoso y algunas otras sencillamente desagradable;  pero suene como suene, creo que podemos aprender algo escuchando las cosas que se dicen. Dicen cosas como estas: “¿Qué dirías si alguien hiciera lo mismo contigo?” “Esta es mi silla; yo la agarré primero”. “Déjalo, no te está haciendo ningún mal”. “¿Por qué me empujaste primero?” “Dame un pedazo de tu naranja; yo te di de la mía”. “Vamos; tú me lo prometiste”. Todos los días la gente dice cosas como éstas, ya se trate de personas educadas o no, de niños o de personas mayores. Lo que a mí me interesa en cuanto a estas expresiones es que quien las dice no está expresando solamente que no le agrada la manera de proceder de la otra persona. Está apelando a cierta clase de regla de conducta que supone que la otra persona debe conocer. Rara vez el otro replica: “Al diablo con tus reglas”. Casi siempre trata de argumentar que lo que hace no va en realidad contra las reglas, o que si las transgredió tiene para ello una excusa especial. Pretende hacer ver que hay una razón especial en este caso particular para que la persona que tomó primero la silla no la conserve, o que las cosas eran algo distintas cuando se le dio el pedazo de naranja, o que algo sucedió que le impidió cumplir la promesa. Parece como si en efecto ambas partes tuvieran muy en mente alguna especie de ley o regla de juego limpio, o conducta decente o de moralidad o de cualquiera otra cosa por el estilo, con la cual todos están de acuerdo. Y lo están. De no ser así, claro, pelearían como animales, pero no discutirían.

Discutir es tratar de mostrar que la otra persona está equivocada. Y no habría sentido alguno en tratar de hacer esto a menos que haya alguna especie de acuerdo en cuanto a lo que es lo correcto e incorrecto; como tampoco tendría sentido el decir que un jugador de fútbol ha cometido una falta a menos que exista algún acuerdo en cuanto a las reglas del fútbol. Esta ley o regla en cuanto a lo correcto y lo incorrecto se conoce como ley de la naturaleza. Hoy día, cuando hablamos de las “leyes de la naturaleza”, por lo general nos referimos a cosas como la gravedad, la herencia o las leyes de la química. Pero cuando los pensadores antiguos llamaron a la ley de lo correcto y 10 incorrecto “ley de la naturaleza”, se referían a la ley de la naturaleza humana. La idea era que así como todos los cuerpos se hallan gobernados por la ley de la gravitación y los organismos por las leyes biológicas, la criatura llamada hombre también tiene su ley, con esta gran diferencia: un cuerpo no puede escoger entre obedecer la ley de la gravitación o no, mientras que el hombre puede escoger obedecer la ley de la naturaleza o desobedecerla.

Podemos decir esto en otra forma. Cada hombre se halla sujeto en todo momento a varias leyes, pero sólo hay una de ellas que él puede determinar desobedecer. Como cuerpo, se halla sujeto a la ley de la gravitación y no puede desobedecerla; si se le deja sin soporte alguno en el aire, no tiene más alternativa de caer o no caer que una piedra. Como organismo, está sujeto a varias leyes biológicas que no está en mayor capacidad de desobedecer que un animal. Esto es, no puede desobedecer aquellas leyes que comparte con otras cosas; pero la ley que es peculiar a su naturaleza humana, la ley que no comparte con los animales o los vegetales o las cosas inorgánicas, la puede desobedecer si así lo prefiere.”