Compromisos

por  G. K . Chesterton

El hombre que hace una promesa se cita con sigo mismo en algún lugar y en tiempo distante. El peligro que esto conlleva es que no acuda  ala cita. Últimamente, este miedo a uno mismo, a la debilidad y volubilidad de uno mismo, ha crecido peligrosamente y se ha convertido en la base real de una objeción contra cualquier compromiso. No nos comprometemos porque estamos profundamente convencidos de que, antes de respectar lo pactado, nos habremos cansado del pacto. En otras palabras, tememos que, con el tiempo, seamos una persona diferente… la rebelión contra los compromisos abarca, por supuesto el compromiso matrimonial. Es divertido escuchar a quienes se oponen al matrimonio porque creen que el compromiso es un yugo impuesto por el diablo, cuando en realidad es un yugo que quienes se aman se imponen a sí mismos. La expresión “amor libre” es una contradicción en 2 palabras, porque la naturaleza del amor es atarse a sí mismo, y la institución del matrimonio no hace otra cosa que respetar la decisión de dos personas libres, tomando en serio su palabra. Prometerse y dejar al mismo tiempo una escapatoria, una posibilidad de retirada, nos parece un engaño esterilizador del amor…

Hoy realizamos el esfuerzo persistente e insano de conseguir placer sin pagar por él: tengamos los placeres de los conquistadores sin los sufrimientos de los soldados. Pero hay que decir categóricamente  que esto no funciona así. Habrá momentos emocionantes para algunos, pero hay otra emoción que sólo es conocida por el soldado que defiende su bandera, por el asceta en su alumbramiento espiritual, por el amante que entrega su libertad. Y es esta disciplina transfiguradora de uno mismo la que hace del compromiso algo verdaderamente inteligente. A nuestro alrededor se extiende la ciudad de los pequeños pecados, llena de callejuelas y retiradas. Pero, con toda seguridad, tarde o temprano, en el puerto se alzará la llama más alta, que anuncia el fin del reino de los cobardes porque un hombre está quemando sus naves.

G.K. Chesterton, La mujer y la familia. Styria ediciones

Sobre el amor de Dios

Les coloco algunos apuntes que me parecen interesantes, sobre el amor y en especial sobre el amor de Dios, valga la redundancia. Me parece oportuno por la desfiguración que hay sobre este concepto. Lewis como siempre más actual que nunca.

Hoy en día se entiende por bondad de Dios casi exclusivamente su cariño, y puede ser que estemos en lo cierto. Y, dentro de este contexto, la mayoría de nosotros entiende el amor como benevolencia, como el deseo de ver a otros felices; no felices de esta u otra manera, sino simplemente felices. Lo que nos dejaría realmente satisfechos, sería un Dios que dijera de todo aquello que nos gusta hacer: “¿qué importa, con tal que estén contentos?”. De hecho, deseamos no tanto un padre en los cielos, sino más bien un abuelito; una benevolencia senil a la que, como se dice, le “guste ver a los jóvenes entretenerse” y cuyo plan para el universo consistiera simplemente en que, al final de cada día, pudiera decirse, “todos lo pasaron bien”. Admito que no muchas personas formularían una teología precisamente en esos términos, pero en el fondo de muchas mentes existe una idea no muy diferente a ésta.

…Sólo para aquellas personas que no nos importan mayormente, es que exigimos felicidad a cualquier precio; con nuestros amigos, nuestros enamorados, nuestros niños, somos exigentes, y preferiríamos verlos sufrir mucho, que verlos felices de un modo despreciable y enajenado. Si Dios es amor, El es, por definición, más que simple benevolencia.

…Por ejemplo, un hombre y un perro se efectúa básicamente por consideración al hombre; éste, básicamente, domestica al perro para amarlo y no para que éste le pueda amar, para que el perro le sirva y no para servirlo a él. Sin embargo, los intereses del perro no son sacrificados en pro de los intereses del hombre. Una de las finalidades (que el hombre ame al perro) no puede lograrse plenamente a menos que el perro, a su modo, también lo ame; y, el perro tampoco puede servir al hombre a menos que éste, de manera diferente, también le sirva. Ahora bien, precisamente porque el perro es, según criterios humanos, una de las “mejores” criaturas irracionales y un objeto apropiado para ser amado por el hombre —amado, por supuesto, con el grado y tipo de amor adecuados para tal objeto y no con un tonto y exagerado antropomorfismo—, éste interfiere con su naturaleza y lo vuelve capaz de inspirarle cariño. En su estado natural, el perro tiene olor y hábitos que le privan del amor del hombre; éste lo lava, lo domestica, le enseña a no robar y, de esta manera, se le hace posible quererlo. Todo este procedimiento haría al cachorro—si éste fuera un teólogo— tener serias dudas acerca de la “bondad” del hombre; pero, el perro adulto y entrenado, de mayor tamaño, más sano y más longevo que el perro salvaje, admitido como por gracia a un mundo de afectos, lealtades y comodidades muy por sobre su destino animal, no tendría tales dudas. Debe tenerse en cuenta que el hombre (me refiero al hombre bueno), se toma todas estas molestias con el perro y le causa todos esos sufrimientos, solamente porque éste se encuentra en un alto lugar dentro de la escala animal, porque está tan cerca de inspirar cariño que le vale la pena hacer que lo inspire del todo. El hombre no domestica a un gusano ni baña a los ciempiés. Podemos, por cierto, desear que tuviéramos tan poca importancia para Dios como para que nos dejara abandonados a nuestros impulsos naturales, que se desistiera de tratar de convertirnos en algo tan diferente a nuestro ser natural. Pero, una vez más, no estaríamos pidiendo más amor, sino menos.

Cuando el cristianismo dice que Dios ama al hombre, quiere decir precisamente eso: que Dios ama al hombre, no que tiene una preocupación algo “desinteresada” —por serle indiferente— por nuestro bienestar, sino porque somos en verdad de una manera terrible y sorprendente, objetos de su amor. Quería un Dios amoroso, ahí lo tiene. El gran espíritu al que invocó tan livianamente, “el señor de aspecto terrible”, está presente; no una benevolencia senil que a modo somnoliento le desea que sea feliz a su manera, no la fría filantropía del juez escrupuloso, ni el cuidado de un anfitrión que se siente responsable de la comodidad de sus invitados, sino que el fuego consumidor mismo, el amor que hizo los mundos, persistente como el amor del artista por su obra y despótico como el amor de un hombre por su perro; prudente y venerado, como el amor de un padre por su hijo; celoso, inexorable y exigente, como el amor entre ambos sexos.

Extraído de “El problema del Dolor”