Opinión sobre religión

Vidler ha sustituido religión por Dios, algo así como si navegación fuera sustituida por llegada o batalla por victoria, o cortejar por matrimonio, o en general los medios por el fin. Pero incluso en la vida presente, hay un peligro en el mismo concepto de religión. Produce la sugestión de que la religión es un departamento más de la vida, un departamento adicional añadido al económico, el social, el intelectual, el recreativo y todos los demás. Pero aquellos cuyas exigencias son infinitas no puede tener categoría de departamento. O bien es una ilusión o bien nuestra vida entera está incluida en él. No tenemos actividades no religiosas; solamente religiosas o irreligiosas. Sin embargo, la religión parece existir como un departamento. Existe así mismo… un deleite en la organización religiosa (como en cualquier otra). Además, todas las clases de intereses estéticos, sentimentales, históricos y políticos están delineados en ella… Nada de esto es malo… este departamento de la vida puede convertirse en un fin en sí mismo, en un ídolo que oculta a Dios y a mi prójimo… es preciso no obstante, andar con cautela, pues la verdad de que la religión, entendida como departamento, no tiene realmente derecho a existir puede ser mal interpretada. Algunos concluirán que este ilegitimo departamento debe ser abolido.

Otros, aproximándose más a la verdad, creerán que debe dejar de ser departamental y extenderse a la vida entera, pero lo interpretan mal. Piensan que cada vez más negocios seculares deberían empezar con la oración, que una piedad tediosamente clara debería infestar nuestra conversación, que no debería haber más tartas ni cervezas. Una tercera clase, conciente de que Dios gobierna una parte muy pequeña de sus vidas, y que una religión departamental no es buena, puede desesperar. A esos habría que explicarles cuidadosamente que ser solo una parte no es lo mismo que ser un departamento permanente. En todos nosotros, Dios ocupa sólo una parte… Hemos de admitir que hay una línea de demarcación entre la parte de Dios en nosotros y la región del enemigo. Pero se trata así lo espero, de una línea beligerante, no una frontera fijada mediante el pacto… la gente usa cada vez con más frecuencia, religión también para significar un sistema de creencias. Cuando esa gente oye que Vidler quiere una iglesia con “menos religión”, piensa que quiere que lo poco —lo muy poco — que la teología liberal ha dejado de la “fe que una vez nos fue dada” les iba a ser despojado. Esa es la razón por la que alguien preguntó: ¿Es Vidler teísta?.

Pues bien ciertamente lo es. Quiere (creo que lo quiere seriamente) conservar algunas doctrinas cristianas. Pero está dispuesta a desechar otras muchas. “doctrinas tradicionales ” tienen que ser analizadas. Muchas cosas habrán de “pasar con el tiempo” o “sobrevivir fundamentalmente como arcaísmo o como historias de hadas”. Se siente feliz con este indefinido programa de descartes porque confía en la guía ininterrumpida del Espíritu Santo. Una fe noble, siempre que exista, por supuesto un ser como el Espíritu Santo. Pero imagino que Su existencia es una de las doctrinas tradicionales que según las premisas de Vidler, cierto día creemos haber superado.

C.S. Lewis, Si Dios no escuchase (cartas a Malcom). Ediciones Rialp 2004

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La Teología es como un mapa

Todos me han aconsejado que no diga lo que voy a decir en este último libro. Todos dicen: “El lector común no está interesado en la teología; háblales en cuanto a lo que es la sencilla religión práctica”. Pero no he seguido su consejo. No pienso que el lector común sea tan falto de buen sentido. Teología significa “la ciencia de Dios”, y creo que a cualquier hombre que desea pensar en Dios le gustaría tener las ideas más claras y precisas que en cuanto a El se tengan. No somos niños; ¿qué razón existe, entonces, para tratarnos como si lo fuéramos?

En cierta forma entiendo muy bien por qué ciertas personas le hacen ascos a la teología. Recuerdo que una vez cuando estaba dando una conferencia a personas alistadas en la fuerza aérea de la Gran Bretaña, un viejo y algo amargado oficial se levantó y dijo: -No me interesa en lo más mínimo este asunto. Pero yo soy lo que podría llamarse un hombre religioso. Sé que existe un Dios. Lo he sentido cuando me he visto solitario en el desierto en medio de la noche: el tremendo misterio. Y por ello no creo en sus dogmitas y formulitas en cuanto a El. A todo aquel que se ha enfrentado a Dios de verdad todas estas cosas le parecen insignificantes, pedantes e irreales. En un cierto sentido estoy de acuerdo con ese oficial. Pienso que en el desierto él tuvo una experiencia real con Dios. Y cuando pasó de la experiencia a los credos cristianos, creo que estaba pasando de una cosa real a otra menos real.

De igual manera, si alguien se halla contemplando el Atlántico desde la playa y luego pasa a mirar un mapa del Atlántico, también estará pasando de algo que es real a otra cosa que es menos real; está pasando de olas de verdad a un trozo de papel coloreado. Pero aquí llegamos al punto. Se sabe que el mapa es eso: un trozo de papel coloreado, pero hay dos cosas que se deben recordar en cuanto a él. En primer lugar, se basa en lo que cientos y miles de personas han hallado al navegar por el Atlántico. En ese sentido tiene tras sí multitud de experiencias que son tan reales como la que obtenemos al mirarlo desde la playa, con esta diferencia: que la experiencia nuestra es un solo vistazo a lo verdadero, al paso que el mapa fija en forma conjunta multitud de otras experiencias. En segundo lugar, si se desea ir a alguna parte, el mapa se hace indispensable. Mientras nos contentamos con pasear sobre la playa, contemplarlo tiene mayor atractivo que contemplar un mapa. Pero el mapa es más útil si se desea pasar de un continente a otro. La teología se asemeja a un mapa.

El mero pensar y aprender en cuanto a las doctrinas cristianas es menos real y menos emocionante, si es que no se pasa de ello, que la experiencia de mi amigo en el desierto. Las doctrinas no son Dios: son sólo una especie de mapa. Pero tal mapa se halla basado en la experiencia de personas que realmente estuvieron en contacto con Dios, experiencias comparadas con las cuales las emociones o sentimientos piadosos que podamos tener de nuestra parte son muy elementales y confusos. Y en segundo lugar, si se desea avanzar, es necesario utilizar el mapa. Lo que a aquel hombre le sucedió en el desierto puede que haya sido real, y ciertamente que fue emocionante, pero nada resultó de esto. A ninguna parte lleva. Nada hay que se pueda hacer con ello. En efecto, es por ello que una religión vaga, que se limite a sentir a Dios en la naturaleza y cosas por el  estilo, es tan atractiva. Es todo sentimiento pero sin logros, como contemplar las olas desde la orilla del mar. Pero no se llega, digamos, al puerto de Newfounland con el mero estudio del mar que se haga en esta forma. Y no se llegará a la vida eterna buscando la presencia de Dios en las flores o en la música. Y tampoco se va a ninguna parte contemplando los mapas sin penetrar en el mar. Ni se estará muy seguro si se penetra en el mar sin un mapa.

En otras palabras, la teología es algo práctico, especialmente en nuestra época. En el pasado, cuando había menos educación y menos discusión, tal vez era posible arreglárselas con unas cuantas ideas sencillas en cuanto a Dios. Pero en nuestros días ese no es el caso. Todo el mundo lee, todo el mundo oye los debates. Por consiguiente, el que no se le ponga atención a la teología no quiere decir que no se tenga idea alguna en cuanto a Dios;  quiere decir que se tiene un gran número de ideas equivocadas: ideas malas, mutiladas y obsoletas. Porque gran número de las ideas que en cuanto a Dios se hallan en vaga en nuestra época son simplemente  las que los verdaderos teólogos estudiaron hace ya siglos-y las descartaron. Creer en la religión popular que, por ejemplo, impera en la Inglaterra de nuestros días es un retroceso: es como creer que la tierra es plana. Porque pensándolo bien, ¿no es la idea popular en cuanto al cristianismo que Jesucristo fue un gran maestro humano, y que si tomamos sus enseñanzas y sus consejos podremos estar en condiciones de  establecer un mejor orden social y evitar otra guerra? Y esto es muy cierto. Pero con ello se está expresando mucho menos de lo que es la verdad total del cristianismo y no tiene en  manera alguna importancia práctica.

Es muy cierto que si siguiéramos el consejo de Cristo pronto nos veríamos viviendo en un mundo más feliz. Pero para esto no se necesita ir tan lejos como hasta Cristo. Si hiciéramos todo lo que Platón, Aristóteles, Confucio no han dicho, estaríamos mucho mejor de lo que estamos. ¿Entonces, qué? Nunca hemos  seguido el consejo de los grandes maestros. ¿Por qué habríamos de empezar a hacerlo ahora? ¿Por qué es más probable que sigamos a Cristo que a otro? ¿Por qué es el mejor maestro de moral? Pero eso hace aún menos probable que le sigamos. Si no podemos tomar las lecciones elementales, ¿qué probabilidad hay de que aprendamos las más avanzadas? Si el cristianismo no es más que unos cuantos buenos consejos más, el cristianismo carece de importancia. No ha habido falta de buenos consejos durante los últimos cuatro mil años. Y unos cuantos consejos más no van a cambiar el cuadro de nuestra situación actual.

C.S. Lewis,  Mere Christianity, Editorial Caribe

Diccionario de la modernidad

Hay una conferencia realizada por C.S Lewis en donde nos habla de la apologética cristiana en los tiempos contemporáneos, me parece importante   que los cristianos la lean y también algún otro interesado en descubrir algunas cosas que en este tiempo suceden.  Hay un punto donde Jack plantea que debemos saber el significado de las palabras para las personas con las que nos comuniquemos, a fin de que podamos entendernos, ya que existe una diferencia de significados en algunos términos, y creo  también se evidencia en conversaciones entre los mismos cristianos. Lewis nos dice que debe hacerse en base a una experiencia previa, sin embargo, nos propone una lista de palabras y su significado para el moderno.

Cristiano: ha llegado a no incluir casi ninguna idea relacionada con “creencia”. Habitualmente es un término vago de aprobación.

Iglesia: significa: a) edificio sagrado b) el clero. No les sugiere la idea de “asamblea de creyentes” por lo general se usa en sentido negativo.

Creador: Ahora significa “talentoso”, “original”. La idea de creación en sentido teológico está ausente.

Criatura: significa “bestia”, “animal irracional”.

Dogma: la gente suele usarla sólo en sentido negativo con el significado de “afirmación no probada y pronunciada de manera arrogante” [1]

Moralidad: significa castidad.

Personal: llevaba al menos diez minutos disputando con un hombre de un “diablo personal” sin darme cuenta de que, para él, “personal” significaba “corpóreo”. Cuando dicen que no creen en un Dios “personal” a menudo pueden querer decir solamente que no comparten el antropomorfismo.

Primitivo: Significa tosco, torpe, incompleto. La expresión “cristianismo primitivo” no significaría para ellos en absoluto lo que significaría para ustedes.

Espiritual: significa primariamente inmaterial, incorpóreo, pero con graves confusiones acerca del uso cristiano de neuma (espíritu) de ahí procede la idea de que todo lo que es “espiritual” en el sentido de “no sensorial”, es mejor de algún modo que cualquier cosa sensorial. Por ejemplo, no creen realmente que la envidia pueda ser tan mala como la embriaguez.

Vulgaridad: por lo general significa obscenidad o “grosería” se da, y no sólo en personas incultas, lamentables confusiones entre:

a) lo obsceno o lascivo: lo calculado para provocar lujuria.

b) lo indecoroso: lo que ofende al buen gusto o al decoro.

c) lo vulgarmente decoroso: lo que es socialmente bajo.

La “buena” gente propende a pensar que (b) es tan pecaminoso como (a), de donde resulta que a otros les parece que (a) es tan inocente como (b).

Yo también tengo mi pequeña lista:

Religión: “institución dominadora” o “conjunto de reglas esclavizantes inventadas por alguien”. Se ignora la pluralidad de conceptos que existen y también su profundidad.

Religioso: persona que  sigue un conjunto de reglas por lavado de cerebro, o por gusto irracional. también suele  usarse sólo en sentido despectivo por algunos cristianos para validar sus gustos.

Amor: sinónimo de romance, enamoramiento o  mariposas en el estomago.

Inquisición: Excusa para no creer.

Convencido: Significa Fanático


[1] XD

Happy Birthday Jack

Este post debió ser publicado el sábado 29 de noviembre de 2008, pero se cslewisme hizo imposible por que estaba culminando el semestre de la universidad. Ese sábado se cumplieron 110 años del nacimiento de Clive Staples Lewis, conocido entre sus amigos como “Jack” nunca antes lo he llamado así pero debido a que últimamente he leído más de su vida, le tomé confianza de amigos. Puedo decir que Jack además de ser uno de los grandes pensadores cristianos de la época contemporánea, es un excelente ejemplo de vida  y de humildad, a pesar de su travesía cargada de dolores, demostró valientemente como la fe y la esperanza son más grandes que el pesimismo y el absurdo. Este hombre que alguna vez dijo que sus libros dejarían de venderse cuando  muriera, resultó un pésimo visionario en este respecto pues luego de su muerte su obra se ha conocido aún más. Para esta fecha iba a realizar un escrito acerca del lenguaje utilizado por Jack en sus obras y relacionarlo (no sé de que manera) con el modo de conocer de los ángeles según Sto. Tomás. Pero, por lo leído recientemente cambié de parecer, así que para celebrar el cumpleaños, les coloco una canción que se llama C.S. Lewis Song, no sé si la letra es de algúno de sus textos o simplemente es una canción dedicada a él, no encontré esa información. La canta una joven cristiana llamada Brooke Fraser, fíjense al final del video la chica tiene un libro  sino me equivoco es el de Los Milagros,  a mi me parece muy buena, espero les guste

The Screwtape Letters

En español se conoce como Las cartas del diablo a su sobrino o El diablo propone un brindis, un interesante libro que a través de cartas dos demonios se comunican y nos revelan muchas cosas interesantes.  Una de las obras más populares de C.S. Lewis. por cierto libro dedicado a Tolkien, les coloco partes del prefacio

La pregunta más corriente es si realmente “creo en el Diablo”.

Ahora bien; si por “el Diablo” se entiende un poder opuesto a Dios y, como Dios, existente por toda la eternidad, la respuesta es, desde luego, no. No hay más ser no creado que Dios. Dios no tiene contrario. Ningún ser podría alcanzar una “perfecta maldad” opuesta a la perfecta bondad de Dios, ya que, una vez descartado todo lo bueno (inteligencia, voluntad, memoria, energía, y la existencia misma), no quedaría nada de él.

La pregunta adecuada sería si creo en los diablos. Sí, creo. Es decir, creo en los ángeles, y creo que algunos de ellos, abusando de su libre albedrío, se han enemistado con Dios y, en consecuencia, con nosotros. A estos ángeles podemos llamarles “diablos”. No son de naturaleza diferente que los ángeles buenos, pero su naturaleza es depravada. Diablo es lo contrario que ángel tan sólo como un Hombre Malo es lo contrario que un Hombre Bueno. Satán, el cabecilla o dictador de los diablos, es lo contrario no de Dios, sino del arcángel Miguel.

Creo esto no porque forme parte de mi credo religioso, sino porque es una de mis opiniones. Mi religión no se desmoronaría si se demostrase que esta opinión es infundada. Hasta que eso ocurra -y es difícil conseguir pruebas negativas-, la mantendré. Me parece que explica muchas cosas. Concuerda con el sentido llano de las Escrituras, con la tradición de la Cristiandad y con las creencias de la mayor parte de los hombres de casi todas las épocas. Y no es incompatible con nada que las ciencias hayan demostrado.

Debiera ser innecesario (pero no lo es) añadir que creer en los ángeles, buenos o malos, no significa creer en unos ni en otros tal y como se les representa en las artes y en la literatura. Se pinta a los diablos con alas de murciélago y a los ángeles con alas de pájaro, no porque nadie sostenga que la degradación moral tienda a convertir las plumas en membrana, sino porque a la mayoría de los hombres le gustan más los pájaros que los murciélagos. Se les pintan alas, para empezar, con la intención de dar una idea de la celeridad de la energía intelectual libre de todo impedimento. Se les confiere forma humana porque la única criatura racional que conocemos es el hombre. Al ser criaturas superiores a nosotros en el orden natural, incorpóreas o que animan cuerpos de un tipo que ni siquiera podemos imaginar, hay que representarlas simbólicamente, si se quiere representarlas de algún modo.

Además, estas formas no sólo son simbólicas, sino que la gente sensata siempre ha sabido que eran simbólicas. Los griegos no creían que los dioses tuviesen realmente las hermosas formas humanas que les daban sus escultores. En su poesía, un dios que quiere “aparecerse” a un mortal asume temporalmente la apariencia de un hombre. La teología cristiana ha explicado casi siempre la “aparición” de un ángel del mismo modo. “Sólo los ignorantes se imaginan que los espíritus son realmente hombres alados”, dijo Dionisio en el siglo V.

En las artes plásticas, estos símbolos han degenerado continuamente. Los ángeles de Fra Angélico llevan en su rostro y en su actitud la paz y la autoridad del Cielo; luego vinieron los regordetes desnudos infantiles de Rafael; por último, los ángeles suaves, esbeltos, aniñados y consoladores del arte decimonónico, de formas tan femeninas que sólo su total insipidez evita que resulten voluptuosas: parecen las frígidas huríes de un paraíso de saloncito. Son un símbolo pernicioso. En las Escrituras, la visitación de un ángel es siempre alarmante; tiene que empezar por decir: “No temas”. El ángel Victoriano, en cambio, parece a punto de susurrar: “Ea, ea, no es nada”.

No tengo la menor intención de explicar cómo cayó en mis manos la correspondencia que ahora ofrezco al público.

En lo que se refiere a los diablos, la raza humana puede caer en dos errores iguales y de signo opuesto. Uno consiste en no creer en su existencia. El otro, en creer en los diablos y sentir por ellos un interés excesivo y malsano. Los diablos se sienten igualmente halagados por ambos errores, y acogen con idéntico entusiasmo a un materialista que a un hechicero. El género de escritura empleado en este libro puede ser logrado muy fácilmente por Cualquiera que haya adquirido la destreza necesaria; pero no la aprenderán de mí personas mal intencionadas o excitables, que podrían hacer mal uso de ella.

Se aconseja a los lectores que recuerden que el diablo es un mentiroso. No debe aceptarse como verídico, ni siquiera desde su, particular punto de vista, todo lo que dice Escrutopo. No he tratado de identificar a ninguno de los seres humanos mencionados en las cartas, pero me parece muy improbable que los retratos que hacen, por ejemplo, del padre Spike, o de la madre del paciente, sean enteramente justos. El pensamiento desiderativo se da en el Infierno lo mismo que en la Tierra.

Para terminar, debiera añadir que no se ha hecho el menor esfuerzo para esclarecer la cronología de las cartas. La número XVII parece haber sido redactada antes de que el racionamiento llegase a ser drástico, pero, por lo general, el sistema de fechas diabólico no parece tener relación alguna con el tiempo terrestre, y no he intentado recomponerlo. Evidentemente, salvo en la medida en que afectaba, de vez en cuando, al estado de ánimo de algún ser humano, la historia de la Guerra Europea carecía de interés para Escrutopo.

C. S. LEWIS

Algunas objeciones II/II

Otros han escrito para decirnos: “Lo que usted llama ley moral ¿no es un simple convencionalismo social, algo que se nos inculca por medio de la educación?” Creo que aquí se presenta un malentendido. Los que formulan tal pregunta por lo general dan por sentado que si hemos aprendido una cosa de nuestros padres o nuestros maestros, debe ser una simple invención humana. Pero claro que no es así. Todos aprendemos las tablas de multiplicación en la escuela. Un niño que crezca solo en una isla desierta no las sabría; pero esto no quiere decir que las tablas de multiplicación sean sencillamente una convención humana, algo que los seres humanos han elaborado para su propia conveniencia y que podrían ser distintas si así se quisiera. Estoy por completo de acuerdo en que las reglas de la conducta decente las aprendemos de nuestros padres y nuestros maestros, de nuestros amigos y en los libros, tal como se aprende cualquiera otra cosa. Pero algunas de las cosas que aprendemos son meras convenciones que bien podrían haber sido distintas. En Inglaterra y otras partes se enseña a conservar la izquierda en las vías públicas, pero muy bien hubiera podido implantarse el conservar la derecha. Pero otras cosas, como las matemáticas, son verdades inmutables. La cuestión es situar la ley de la naturaleza humana en el sitio que le corresponde. Existen dos razones para afirmar que esta ley pertenece a la clase en que se hallan situadas las matemáticas. La primera es, tal como dije en el capítulo 1, que aunque existen diferencias entre las ideas morales de una cierta época o de un cierto país con relación a otras épocas y otros países, la verdad es que no son diferencias tan grandes como algunos se imaginan, y se puede ver que hay una ley común que rige estas ideas. Las meras convenciones, como las reglas del tránsito o la clase de vestidos que se usan, pueden variar en cualquier medida.

La otra razón es la siguiente: cuando se piensa en las diferencias entre la moralidad de un pueblo y otro, ¿se piensa que una es superior a la otra? ¿Son beneficiosos algunos de los cambios? Si no, no podría haber progreso moral. El progreso no consiste en cambiar, sino en cambiar para mejorar. Si ninguna serie de ideas morales es más verdadera o mejor que otra, no habría por qué preferir la moral del hombre civilizado a la del salvaje, ni la moral cristiana a la del nazi. Pero todos creemos que, por supuesto, algunas costumbres morales son mejores que otras… Bien. Cuando decimos que una serie de ideas morales es superior a otra, lo que en efecto estamos haciendo es comparándola con una norma y diciendo que una de ellas se conforma mejor a tal norma. Pero la regla por la cual se miden dos cosas es algo diferente de tales cosas. Estamos, en efecto, comparándolas con una moral verdadera y admitiendo que existe lo correcto, con independencia de lo que los demás piensen, y que las ideas de algunas gentes se hallan más cerca de lo que es correcto que la de otras gentes. Pongámoslo en otra forma: si nuestras ideas morales pueden ser mejores que las de los nazis, es que debe existir algo, alguna moral verdadera, para medir su grado de verdad. Si la idea que alguien tiene de Nueva York es más correcta o menos correcta que la nuestra es porque Nueva York es un lugar real que existe no importa lo que tú y yo pensemos. Si cuando decimos “Nueva York” cada uno se refiere a  “la ciudad que yo me he fabricado en la imaginación”, ¿cómo es posible que uno de nosotros pueda tener una idea mejor que la de los demás?

En conclusión, aunque las diferencias de concepto entre los pueblos en cuanto a la conducta decente a menudo hace sospechar que no existe una ley natural de la conducta, las cosas que pensamos en cuanto a esas diferencias prueban exactamente lo   contrario.

Y una palabra más antes de terminar. Me he encontrado con personas que exageran las diferencias, porque no perciben las diferencias de opinión en cuanto a la realidad de los hechos. Por ejemplo, un hombre nos dice: “Hace trescientos años en Inglaterra se condenaba a muerte a las brujas. ¿Es esto lo que usted llama regla de la conducta humana o de la conducta correcta?” Pero el caso es que hoy no ejecutamos brujas porque no creemos que existan; si creyéramos que existen personas que se venden al diablo para en cambio recibir de él poderes sobrenaturales para dar muerte a sus prójimos o hacerlos enloquecer, o para producir mal tiempo, estaríamos de acuerdo en que nadie merecería más la pena de muerte que esas sucias traidoras. Aquí no existen diferencias entre los principios morales; la diferencia es en cuanto a la realidad del hecho. Puede que sea un gran avance en conocimiento el no creer en brujas; pero no hay avance moral en no ejecutarlas cuando no se cree que existan. No creo que un hombre proceda humanamente porque deje de armar trampas si lo hace porque cree que no existen ratones en la casa

Algunas objeciones I/II

Seguimos con la Ley natural

Algunas de las cartas que he recibido muestran que son muchos los que hallan difícil entender qué es esto de la ley de la naturaleza humana, o ley moral, o regla de la conducta decente. Por ejemplo, algunos de los que me han escrito me dicen: “Lo que usted llama ley moral, ¿no es simplemente nuestro instinto de rebaño, que se ha desarrollado como todos nuestros otros instintos?” No voy a negar que pueda ser que tengamos un instinto de rebaño; pero esto no es a lo que me refiero al hablar de ley moral. Todos sabemos lo que es ser impulsados por nuestros instintos: el amor maternal, el instinto sexual o el instinto de la alimentación. Esto significa que se siente una fuerte inclinación o deseo de proceder en una determinada forma. Y, por supuesto, a veces sentimos el deseo de acudir en ayuda de alguien; y no hay duda de que tal deseo se debe al instinto de rebaño. Pero sentir el deseo de ayudar es muy distinto a sentir que se está obligado a prestar tal ayuda, quiérase o no. Supongamos que oímos el grito de alguien en demanda de auxilio. Probablemente sentimos en ese momento dos deseos: el de ayudar (instinto de rebaño) y el de no correr peligro (instinto de conservación). Pero dentro de nosotros, fuera de estos dos impulsos, se presenta un tercer factor, el cual nos dice que debemos seguir el impulso de ayudar, y que suprime el deseo de salir huyendo.

Esto que establece un juicio entre los dos instintos, que decide a cuál de los dos instintos se debe obedecer, en sí mismo no puede ser ni uno ni otro. Sería como decir que una partitura musical, que en un momento dado nos dice cuál de las notas se debe tocar en el piano y no ninguna otra, es a la vez una de las notas del teclado. La ley   moral nos dice la melodía que hemos de pulsar; nuestros instintos no son más que las teclas.

Otra forma de ver que la ley moral no es sencillamente uno de nuestros instintos, es esta. Si dos instintos se hallan en conflicto, y no hay nada más en la mente de una criatura que estos dos instintos, es obvio que el más fuerte de los dos prevalecerá. Pero en los momentos cuando más conscientes nos hallamos de la ley moral, generalmente parece decirnos que nos hagamos de parte del más débil de los dos impulsos. Con toda probabilidad desearíamos mucho más preservar nuestra propia vida que ayudar a un semejante que se está ahogando; pero la ley moral nos dice que le ayudemos de todas maneras. y ciertamente, ¿no nos dice a menudo que hagamos que el impulso correcto sea más fuerte de lo que por naturaleza es?

Quiero decir que con frecuencia sentimos que nuestro deber es estimular nuestro instinto de rebaño despertando nuestra imaginación y suscitando nuestra compasión, etc., hasta que hayamos  acumulado el suficiente valor para hacer lo que es recto. Pero claramente no estamos actuando por instinto cuando nos proponemos hacer que uno de los instintos prevalezca sobre el otro. Lo que nos dice: “Tu instinto gregario se halla dormido; despiértalo”, no puede ser en sí mismo un instinto gregario. Lo que nos dice cuál de las notas debe ser pulsada más vigorosamente en el piano no puede ser en sí misma tal nota. He aquí una tercera forma de ver el asunto.

Si la ley moral fuera uno de nuestros instintos, deberíamos poder señalar cierto impulso que se encuentra dentro de nosotros mismos y que llamamos “bueno”, siempre de acuerdo con la regla de la conducta correcta. Pero no podemos. No hay impulso que la ley moral no pueda decirnos algunas veces que lo reprimamos, ni impulso que algunas veces no nos diga que lo vigoricemos. Es una equivocación pensar que algunos de nuestros impulsos (digamos el amor materno y el patriotismo) son buenos, al paso que otros, tales como el sexo y la disposición de pelear, son malos. Todo lo que quiero decir es que las ocasiones en que es necesario reprimir el instinto combativo y el deseo sexual son más frecuentes que las de reprimir el amor maternal o el patriotismo. Pero hay situaciones en las cuales es el deber de un hombre casado vigorizar su instinto sexual y el de un soldado fortalecer su instinto combativo. También se presentan ocasiones en que el amor de una madre por sus hijos o el amor de un hombre por su patria tienen que ser reprimidos o se estará yendo en contra, injustamente, de los hijos de otras personas o de otros países. Estrictamente hablando,

no hay impulsos buenos e impulsos malos. Volvamos de nuevo al piano. No tiene dos clases de notas, una “buena” y otra “mala”. Cada una de las notas es correcta en una ocasión e incorrecta en otra. La ley moral no es ningún instinto ni ninguna serie de instintos; es algo que produce música (música que llamamos bondad o conducta apropiada) al gobernar los instintos.